martes, 5 de octubre de 2010

Dime con quién andas

Octubre 1st, 2010

Francisco Massó Cantarero

http://www.periodicoliberal.com/2010/10/01/dime-con-quien-andas/

En septiembre de 2004, nuestro representante, el señor Rodríguez, lanzó en la ONU una peculiar propuesta de montar una alianza de civilizaciones para luchar contra -no, éste es lenguaje bélico- para desactivar el terrorismo –no, esta palabra tampoco es biensonante- el afán proselitista islámico. -Así queda mejor: desactivar el afán proselitista islámico. Mas, para el comité creativo de la aljamía monclovita, aun así: -aún es demasiado fuerte. Esto que no suene, mejor es que quede implícito, o tácito, como si sólo pretendiéramos ser amigos, aunque sepamos que vienen a matarnos.

Semejante ocurrencia tenía el antecedente de un titular, ya pretencioso: en 2001, la ONU, un inmenso organismo encargado de consumir un presupuesto gigantesco, había declarado ese año como del “Diálogo entre Civilizaciones”, cuyos inexistentes frutos debieron parecerle al Sr. Rodríguez tan suculentos que su ambición le llevó a ir más allá y proponer la alianza. Si no para su creatividad, este señor ingeniará después el Cuerpo Místico de la teología laica.

Civilización es término que proviene de cives. Así se designaba a los hombres y mujeres romanos que eran libres y disfrutaban por igual de todos los derechos. Hoy, civilización es una categoría que agrupa a muchas culturas y éstas se refieren a ideas, ciencia, técnicas, artes, costumbres y ritos de identidad puestos al servicio de la persona humana, para cultivar su desarrollo y promover su humanización.

Para aliarse con alguien es necesario compartir los objetivos, por supuesto; además, ha de haber una cierta correspondencia entre los valores e ideales y, al menos, al tratarse de grupos, han de ser compatibles las personalidades colectivas de los aliados potenciales.

La equiparación de derechos entre hombres y mujeres, en nuestra civilización, aún es un desiderátum en muchos aspectos. Pero, hemos de convenir que, a partir de la Segunda Guerra Mundial, tras la incorporación de la mujer a la fuerza laboral, hemos recorrido un largo camino en pro de su consecución.

Hace unos días, en Paquistán, fue lapidada una mujer cuyo caso no logró trascender a Internet. Su delito, tipificado (¡!), era de carácter sexual: había salido con un hombre. Un hecho tan banal como el que se alega, sólo puede acarrear la pena de muerte si es polisémico; es decir, si tiene múltiples significaciones que atenten contra el orden establecido.

Confieso que desconozco el islam y su envergadura teológica. Sin embargo, a priori, la sharia , como estatuto moral que decreta esa pena capital no puede tener relación religiosa alguna. Dios es una proyección de bondad y bienaventuranza, de justicia y equidad, de amor y compasión, según confirma el propio fatihat ol kitab coránico, que define a Dios como misericordioso. Por tanto, Alá no puede bendecir que un ser humano se arrogue el derecho de infringir la muerte a otro, sea cual sea la tropelía que haya cometido. De hecho, la sura IV, en el versículo 20, ordena el perdón para quienes se arrepientan de sus infamias.

Entonces, ¿cómo explicar el ensañamiento de unos seres humanos, probablemente parientes de su víctima, cebados en arrojar piedras sobre la cabeza de su semejante? La civilización (¿?) que ampara tales comportamientos ¿qué otro bien está defendiendo?, ¿qué otros significados le otorga al hecho de que salgan juntos un hombre y una mujer?

El primero, obvio, es que hombre y mujer no son iguales, ya que la segunda paga con su vida la supuesta infamia cometida junto a su amigo, que queda impune. En segundo lugar, la mujer no es libre, ni siquiera está obligada a asistir a la mezquita… Pero, si cultiva una amistad que tal vez su padre, su hermano mayor o su marido no aprueban, la condenarán a morir.

Es decir, la significación que subyace a esas penas de muerte es que el poder de decisión es exclusivo del varón: él decide con quién, a qué precio y cuándo ha de casarse su hija; cómo han de vestir su mujer e hijas; si éstas pueden estudiar o no, una vez llegada la menarquía; con quién pueden salir de casa y por qué motivo; y si una mujer merece vivir, o debe morir.

Otra prueba más del sentido narcisista falocrático de la civilización que analizamos está en su intolerancia a la homosexualidad. Esta se considera una degradación de la virilidad, que amenaza la incólume integridad del macho y, consecuentemente, la pena por ahorcamiento es su respuesta ante la sodomía. Así se mantiene compacto el pabellón de la hombría, sin fisuras, prietas las filas, recias, marciales y firme el ademán. Para encontrar un antecedente entre nosotros, hemos de remontarnos a Felipe II, que ordenaba el empalamiento de los sodomitas.

En definitiva, la civilización con la que nos quiere aliar el señor Rodríguez es una civilización fálica, asentada en la desigualdad de derechos, que desprecia a la mujer como ser inferior y utiliza la violencia como herramienta de dominio del sexo masculino sobre el femenino.

La propuesta de la alianza de civilizaciones o se le ocurrió a alguien beodo, o que estaba pensando en lingala, porque tampoco pudo surgir de la cultura de los góticos, por siniestros que sean éstos. El disparate carece de coherencia y ni siquiera es de izquierdas, por muy amigos que sean Chavez y Ahmadineyad.

Hay civilizaciones que avanzan, que progresan, que saben renovar valores, ideales y leyes que dejan de ser útiles, sustituyéndolos por otros, válidos para atender las necesidades y el grado de evolución y desarrollo de la sociedad a la que sirven. En cambio, hay otras que fracasan en su esfuerzo de adaptación, se quedan obsoletas, rancias, aferradas a ideologías arcaicas y sólo logran exportar emigrantes depauperados, tanto material como espiritual y culturalmente, o alentar el resentimiento y el odio que proyectan sobre el otro, quien no sea como yo, el no-yo de los psicólogos, a quien achacan la causación de sus propios males.

En resumen, la alianza de civilizaciones no es viable, porque no hay paridad de fundamentos ideológicos, ni simetría alguna en el grado de refinamiento en la defensa de los derechos del ser humano, ni parangón en los procesos de desarrollo científico, técnico y social.

Sin embargo, sin contar los varios guateques planetarios convocados a este propósito y financiados por el Sr. Rodríguez, sólo el gasto en imagen, que representó la cúpula de la sala XX (¡Mira por dónde!) de los Derechos Humanos de la ONU en Ginebra, ascendió a 20,35 millones de euros. Nueve meses de trabajo del Sr. Barceló, un artista progre, al que luego se le cayó la obra de arte, tres o cuatro meses después. ¿Sería un presagio?

Y con tales andaduras, ¿podríamos aventurarnos a decir quién es quién?

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